Cuando aprendas tú a perdonar,
perdona a este terco corazón,
que no te deja jamás de amar
y aún me nublas la vista y la razón.
Hace tiempo que te marchaste,
sin que hayamos terminado;
desde que tú me dejaste,
tu fantasma se ha quedado.
Quiero secar la sangre de mi corazón,
y evitar que se alimente este amor;
quedar como arena en el desierto
donde no hay vida ni dolor.
La sombra tuya aún me afecta,
es fantasma en mi habitación;
la herida aún, en abril, me conecta
con recuerdos: clavos de mi crucifixión.
Autor : Camisa
CopyRight