Pienso en tu piel sublime,
en tu primera vez de mujer,
noche en la cual me diste
el pétalo fino de tu vientre.
Quisiera hallarte cuando despierte
y besar con mi beso de perdón
tus labios y a través de ellos
tu limpia y divina alma, y decirte: buenos días, amor.
Quiero, hoy solo quiero,
fundirme en los calderos de piel,
vivir nuevamente la luna de miel
en esa ciudad de aspecto jubilar.
No tengo sueño...
Perdona si te lo quito,
más aún si invado tu alborada.
¿Cómo olvidar tu perfil?
¿O tu mirada cuando salías de ducharte,
sin tan luego salías
a la cama otra vez para amarte?
Tienes mis sentimientos hincados a tus pies,
y este deseo de tenerte, te quieros y te amo,
son de aspecto rojo, azul y real.
Eres del alma mi sangre, tú su capital,
que de dolor ahora no queda un gramo.
Hoy… sí, hoy impertérrito
a tu familia y al que dirán
Piensa en aquellas lunas y esos soles
cuando hacíamos el amor.
Se extravió mi piel y mis sentimientos,
en el algún lugar que me llevaron
a conocer los colores de tus cielos
donde contigo se esfumó la sombra
de mis versos y de mi corazón.
Ya atrapé a la ladrona,
que me robó el corazón;
en lugar que la encierre a ella,
ella me puso en prisión.
Estoy prisionero
en los poros de su piel,
en la ternura de sus labios
y en sus momentos de hiel.
Cual barrotes su cabello,
y hoguera su tersa piel,
morir en su aroma quiero,
revivir al amanecer.
Tras los barrotes de su cárcel,
apacible y mágica prisión,
ese amor, siempre mi verdugo,
si la amo, es mi crucifixión.
Siendo de mi corazón la ladrona,
cual valioso tesoro hoy sin libertad,
me encierras en prisión
y no te das cuenta
que encerrado yo creía tener tu corazón,
¡y encerrado está mi corazón!
No busques... ni me quieras tener, ando prófugo de los pensamientos
o de los bajos instintos;
¡No te quiero pertenecer!
No quiero estar dentro de ti,
ni darte el único y ruidoso tiempo
que no me pertenece a mí.
¡Tampoco quiero tu tiempo
que te sobra ahora a ti!
No me atrapes con tu sombra,
ni me orilles al abismo de tu suerte,
quiero caminar bajo luz y en alborada,
de colores, sin tristeza, sin gris de muerte.
Lluvia de la nube grisácea,
que mojarme el alma por mis ojos pretendes,
no busques apoderarte de mí,
¿por qué alejarte de mí no aprendes?