Tú, el único gran amor de mi vida,
por la que debí cambiar mi latitud;
abstraer este corazón de tu excelsitud
recordándote y mordiéndome los labios.
Más quisiera, algún día poder decirte:
Ya no te extraño en mis días y horas libres;
puede que silente me haya curado,
adormitado están todos los calibres,
y muy perdidos aquellos mis sentidos.
Sin embargo te amo y no puedo mentirte.
Toque tu tersa piel en todas maneras,
en las varias poses posibles habidas;
fue tu piel, mi partitura preferida
amando la música de tus gemidos.
Son grandes mis carencias emocionales,
que me faltas en las yemas de los dedos;
amé tus manos… A ti hasta por dentro;
siendo en mi mundo tú, la luz y mi centro.
Hoy con de la abstinencia de tus gemidos,
lejos de tormentos y muchos enredos
después ya de pasar lo no merecido,
quisiera poder clausurar mis raudales.
No ha podido todo el tiempo mi vida,
olvidarte pidiéndoselo aún a Dios.
Sumo lo que tengo; nada ha quedado,
te llevaste las velitas misioneras
tiempo que no se lleva el dolor sentido
ni cura las que son, mis hondas heridas.
Aún te tengo en mi piel, corneas y sentidos,
tus ojos en el café de la mañana,
y tu nombre en la tinta de mis latidos.
Tinta del color de mi alma trujillana,
escribiendo secretos de sentimientos
y tortura, de que no estés a mi lado.
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