Ya atrapé a la ladrona,
que me robó el corazón;
en lugar que la encierre a ella,
ella me puso en prisión.
Estoy prisionero
en los poros de su piel,
en la ternura de sus labios
y en sus momentos de hiel.
Cual barrotes su cabello,
y hoguera su tersa piel,
morir en su aroma quiero,
revivir al amanecer.
Tras los barrotes de su cárcel,
apacible y mágica prisión,
ese amor, siempre mi verdugo,
si la amo, es mi crucifixión.
Siendo de mi corazón la ladrona,
cual valioso tesoro hoy sin libertad,
me encierras en prisión
y no te das cuenta
que encerrado yo creía tener tu corazón,
¡y encerrado está mi corazón!
Escrito Febrero de 2005.
Autor: Camisa
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